Después de llegar a la frontera y estar media hora discutiendo con los taxistas
decidimos coger dos taxis. En un coche fueron Paco, Carrascal, Chuchi y Ana, y en el otro fuimos
Peki, Chispi, Laura y Mone.
Todos los taxis eran Mercedes antiguos, grandes, muy grandes. Para amortizar los viajes los taxistas
intentan llenar el taxi, que en españa se supone es de 5 plazas, pero por lo visto allí son de 7...
¿Cómo? Pues muy sencillo: el conductor, detrás 4 y en el asiento del copiloto 2.
Delante se puso Peky con un moro, y detrás nosotros con otro moro (que no dejaba de mirar de reojo
y de no reojo a Laura y Chispi). El taxista, muy majo él, nos invitó a un te de menta que no sabemos
de donde sacó y nadie queríamos beberlo, pero por no hacer el feo y poco a poco lo bebimos (a Peky no
le gustaba pero también bebió).
Ya en carretera nos pidió un pasaporte. Se lo dimos y en el siguiente pueblo se bajo del coche y sin
decirnos nada se metió en una comisaría. Nosotros, recién llegados, flipábamos en colores. Tardó un
buen rato pero nos devolvió el pasaporte y seguimos padelante. Bueno, el taxi de los otros le habíamos
perdido de vista nada más montarnos en el nuestro.
Ya en la carretera el acongojo ya fue tremendo. Los adelantamientos con tres coches a la vez en una
calzada de dos carriles estaban a la orden del día, y los moros como si nada. Luego en la montaña,
donde apenas había circulación no bajaba de 100 ni en curvas de 180º. Por la montaña había mucha
gente a los lados de la carretera, incluso uno se paro a negociar con el taxista. Por lo visto los
taxistas allí son los principales distribuidores.
El caso es que llegamos bien y allí estaba el otro taxi, así que pillamos las mochilas y un par de
moros nos ofrecieron un hostal que parecía estar bien de precio, así que allí fuimos. Llegamos y nos
mandaron pasar a una especie de salón, que es lo que sale en la foto. Por supuesto nos expandimos como
de costumbre y comimos un poco. |